
Llegue. Me dispuse a fumarme mi cigarrillo nocturno mientras contemplaba el resto de mesas y el transcurso de su cena. Veia a hombres... Tantos, tantos hombres sentados al lado de sus mujeres, todos apuestos y uniformados, perfumados y bien afeitados. Hablaban de sus problemas cotidianos, de la monotonia de su vida, del dinero, de su ascenso en su puesto de empleo.
Ahi estaban ellas, todas tan remilgadas y estiradas, con su perfecta manicura francesa, sus sonrisas falsas y frias, sin ningun tipo de sentimiento.
Imaginaba pasar un dia con esos perfectos hombres. El de la mesa de la derecha, imagino, me llevaria a cenar a un precioso restaurante italiano, conversariamos por aquel paseo bajo los cipreses, nos sentariamos en un banco y se despediria de mi con un calido beso en los labios. El de enfrente, vaya, ese si que parecia un hombre, me llevaria a bailar, me daria un paseo en su coche hasta llevarme a su apartamento y acto seguido me desnudaria cuidadosamente y me haria el amor de un modo dulce y jugueton.
Pero... ¿Que hacia yo fantaseando con maridos ajenos? Y alli me encontraba... Sentada en aquella mesa, solitaria, dandole un trago a una copa de vino y recordando lo sola que me encontraba, simplemente porque preferia vivir de mis historias de soltera risueña, pues la realidad era muy diferente de como me la imaginaba.
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