
Allí, después de 18 meses, charlaban sobre todo el tiempo que no habían podido compartir juntos.
Ella, con una blusa roja de cuadros, una larga melena negra hasta la cintura y su cara perfectamente maquillada para la ocasión, el, con una camisa negra medio abierta (recordaba lo mucho que le gustaba a ella esa camisa en el pasado) y vaqueros desaliñados.
-Me alegro de que hayas encontrado trabajo por fin, tienes que estar ligando como azafata lo que no esta escrito...Y con lo guapa que estas.
-¡Vaya! Desde luego no has dejado de ser un cañitas, eh -le miró con descaro- como en los viejos tiempos.
-¡Anda ya! Sabes que entre tu y yo ya solo quedan cenizas... No ha llovido nada desde entonces.
Mentía, la quería, tanto como un desnutrido podría querer un bistec. La estaba deseando en ese momento. En ese mismo instante la estaba desnudando con la mirada, comiéndosela con los ojos. Estaba pensando en cogerla de la cintura, sentarla sobre la barra y follarla salvajemente. Pero no, su orgullo de hombre no le permitía semejante antojo.
-Además, yo soy un chico fiel -volvió a mentir, no tenia a nadie al que ser fiel-.
Se puso un cigarrillo en los labios, sacó otro para ella, se lo puso en la boca y encendió ambos mientras pensaba lo estúpido que podía llegar a ser si de mujeres se trataba.
0 Huellas de soñadores:
Publicar un comentario