Aquella noche no salí, ya que lo que más necesitaba llegó a mi sin avisar. Alguien tocó la puerta y cuando abrí allí estaba ella. Iba vestida preciosa, como siempre, y tremendamente sexy. Tenía la cara empapada de haber estado llorando sin parar, y en ese momento entendí por qué había aparecido así de repente.
La dejé pasar, se quitó los zapatos y se sentó en una silla. Empezó a hablar entre sollozos:
-¡Otra vez ha vuelto a pasar si es que es un cabrón! Porque... Y entonces... ¡Y se estaban besando!...
La verdad es que era la misma historia de siempre, le había sucedido lo mismo como quinientas veces, y allí estaba yo, el típico colega pringado consolando a la muchacha, medio borracha.
-No puedo dejar de pensar en ti
-...¿Cómo?
Dejó de hablar, se acurrucó sobre sus rodillas y empezó a quedarse dormida. La cogí en brazos y me la lleve a su habitación. Después de un buen rato tratando de no matarme con todas las porquerías del pasillo, llegué a su cama y la dejé cuidadosamente pero se despertó.
-Ven... Acuéstate conmigo.
Me agarró del brazo dándome un tirón, perdí el equilibrio y caí sobre ella. Nos quedamos boca con boca, notaba su aliento, el olor a ron, demasiado cerca de mi, y un calor propio de su embriaguez. Me moría por sentirla... ¿Cuánto tiempo llevaba deseando tenerla en su cama? ¿Meses, años? Pero no podía, no en esas condiciones. Me eché a un lado de la cama, la tapé y le di un beso en la frente.
-Buenas noches pequeña, descansa, ya hablaremos mañana...
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